Cuando la fotografía deja de parecerse a nosotros

Hace unos días estaba revisando el perfil de LinkedIn de una buena amiga a quien conozco desde hace más de diez años. Es una mujer cerca de los sesenta, pero en su fotografía parece tener treinta. Su rostro está completamente rejuvenecido, su cuerpo se ve más delgado y, en general, la imagen presenta una versión de ella que difícilmente corresponde con la mujer que conozco.

No creo que pretenda engañar a nadie. Quienes la conocemos sabemos cómo es realmente. Quizá sea simplemente vanidad, ese deseo tan humano de conservar la juventud o de mostrar la versión de nosotros mismos que más nos gusta. Pero su fotografía me hizo reflexionar en algo que veo cada vez con mayor frecuencia; las personas ya no utilizan una imagen para mostrarse, sino para fabricar una manera en que desean ser percibidas.

Recordé entonces el caso de otra mujer, mucho más joven. Su fotografía profesional estaba tan retocada que, cuando la ves personalmente, parece alguien completamente distinto. Un día le dije —porque a veces no puedo quedarme callado— que era mucho más guapa en persona que en su fotografía, siempre he pensado que esa imperfección en las mujeres está su belleza, las hace únicas.

Tiempo después volvió a verme y me contó que la había cambiado. La nueva imagen también tenía cierto retoque, pero existía una diferencia fundamental: ahora sí era ella.

Aquello me hizo pensar que el problema no es tan sencillo como estar a favor o en contra de los filtros. Desde siempre hemos intentado vernos bien. Elegimos la ropa que más nos favorece, buscamos una buena iluminación, nos peinamos, sonreímos y seleccionamos entre muchas fotografías aquella en la que creemos haber salido mejor. Nada de eso es necesariamente falso. Una fotografía puede favorecer a una persona y seguir siendo auténtica.

La dificultad comienza cuando deja de presentar nuestra mejor versión y empieza a sustituirnos por alguien que no existe.

De corregir la fotografía a corregir a la persona

Al principio, las herramientas digitales servían para corregir la fotografía: ajustar la luz, mejorar el contraste, eliminar los ojos rojos o recortar una parte innecesaria. Después comenzaron a corregir pequeñas imperfecciones de la persona: una mancha, una arruga, las ojeras o el color de los dientes.

Pero la tecnología no se detuvo ahí. Hoy puede afinar el rostro, agrandar los ojos, modificar los labios, adelgazar el cuello, cambiar el cuerpo, rejuvenecer varias décadas y hasta crear una fotografía profesional mediante inteligencia artificial. Ya no se corrige la imagen que capturó la cámara; se reconstruye a la persona que aparece frente a ella.

Y como estas alteraciones se han vuelto tan comunes, también hemos perdido la capacidad de sorprendernos. Sabemos que la fotografía está retocada, la persona retratada sabe que está retocada y, muchas veces, quienes la conocen también lo saben. Aun así, todos participamos silenciosamente en la simulación.

La imagen ya no afirma: “Esta soy yo”. Más bien dice: “Así quiero que me veas”.

¿Vanidad o presión social?

Sería fácil reducir este fenómeno a la vanidad, particularmente a la vanidad femenina. Sin duda, la vanidad existe, pero, no explica todo.

Nuestra sociedad ha relacionado durante mucho tiempo el valor de la mujer con su juventud y su belleza. En el caso de los hombres, las canas, las arrugas o cierta apariencia de madurez pueden interpretarse como señales de experiencia, autoridad o éxito. A las mujeres, en cambio, se les exige una combinación imposible: deben tener la experiencia de los años, pero no mostrar las huellas que esos años dejaron en su rostro.

En una red profesional como LinkedIn, la presión puede ser todavía mayor. La fotografía no se percibe únicamente como un recuerdo o una representación personal; se convierte en una herramienta de mercadotecnia. Hay que parecer competente, saludable, atractiva, vigente, enérgica y exitosa. La edad, el cansancio y las imperfecciones se consideran obstáculos que deben eliminarse de la imagen, aunque formen parte natural de la vida.

Por eso, el retoque puede ser al mismo tiempo vanidad y mecanismo de defensa. Una mujer puede intentar protegerse del edadismo o de la discriminación por su apariencia. Sin embargo, al borrar individualmente los signos de su edad también ayuda, sin proponérselo, a reforzar colectivamente la idea de que envejecer es algo que debe ocultarse, contrario a mi manera de ver este proceso y que mi padre me decía, .. hay que envejecer dignamente, de eso nadie se escapa.

Entonces aparece una cruel contradicción: para seguir siendo considerada vigente, una persona siente que debe negar visualmente la experiencia que precisamente le dio su valor profesional.

La perfección que borra la identidad

Los filtros prometen hacernos más atractivos, pero suelen hacerlo mediante un mismo molde: piel lisa, ojos más grandes, rostro más delgado, mandíbula definida, dientes blancos y proporciones supuestamente perfectas. El resultado puede cumplir mejor con cierto ideal de belleza, pero también elimina poco a poco aquello que distingue a una persona de todas las demás.

Borramos una arruga, pero quizá también borramos una expresión. Afinamos un rostro, pero alteramos sus rasgos particulares. Rejuvenecemos una cara, pero eliminamos la historia que contenía.

Esto explica por qué aquella mujer joven me pareció más guapa en persona que en su fotografía. Su atractivo real no dependía solamente de las proporciones de su rostro. También estaba en su mirada, sus movimientos, su sonrisa, la manera de conversar y la energía que transmitía. El retoque trató de perfeccionar su apariencia, pero terminó empobreciendo su presencia.

Al reflexionar sobre esto descubrí algo acerca de mí mismo. Nunca me ha gustado que me tomen fotografías y, siempre que puedo, las evito. Durante mucho tiempo pensé que era simplemente incomodidad frente a la cámara. Después comprendí que la razón puede ser otra: no me gusta cómo me veo en las fotografías porque estas no reflejan como soy en la vida real.

No lo digo necesariamente como un juicio sobre mi atractivo. Una fotografía congela una fracción de segundo y reduce a una superficie inmóvil algo que, en la realidad, está vivo. No captura por completo la voz, los gestos, el movimiento, la manera de mirar ni la energía con la que nos relacionamos con los demás. Algunas personas son muy fotogénicas; otras necesitamos estar presentes para ser realmente percibidas.

Esta revelación también me permitió entender mejor el deseo de corregir una fotografía. Si la imagen no coincide con la manera en que creemos que los demás nos ven —o con la forma en que nosotros mismos nos sentimos— surge la tentación de arreglarla. Pero existe una diferencia entre tratar de compensar las limitaciones de la cámara y fabricar una identidad distinta. Quizá yo evito la fotografía porque siento que me disminuye; otras personas la transforman hasta que les devuelve la versión de sí mismas que desean contemplar.

La fotografía era más perfecta, pero menos humana.

La artificialidad profesional

El fenómeno resulta especialmente revelador en LinkedIn porque se supone que es una red construida alrededor de la identidad, la reputación y la confianza profesional. Sin embargo, cada elemento del perfil puede ser fabricado o perfeccionado artificialmente. La inteligencia artificial redacta la biografía, corrige las publicaciones, organiza la experiencia, produce comentarios y genera la fotografía.

Poco a poco, la persona se convierte en una marca y la marca termina ocultando a la persona.

Esto no significa que toda ayuda tecnológica sea negativa. Yo mismo utilizo herramientas para corregir mis textos y expresar mejor mis ideas. El problema no está en utilizar la tecnología, sino en entregarle la tarea de inventar aquello que supuestamente nos representa.

Una buena fotografía profesional debe cuidar la iluminación, la composición, la ropa y el entorno. Incluso puede admitir algunas correcciones. Pero si al encontrarnos personalmente alguien necesita reconciliar nuestra cara con la imagen que vio en el perfil, la fotografía dejó de cumplir su función más elemental: permitir que nos reconozcan.

La contradicción es profunda: pretendemos generar confianza mediante una imagen que no es completamente confiable.

Del recuerdo a la representación

Antes, una fotografía servía principalmente para conservar un instante. No tenía que ser perfecta porque su valor estaba en el momento que guardaba: un viaje, una reunión familiar, una amistad o una etapa de la vida. Hoy, muchas fotografías ya no se toman para recordar lo vivido, sino para demostrar ante los demás que lo vivimos y controlar cómo seremos juzgados.

Lo mismo ocurre con la fotografía de perfil. Ya no se limita a documentar quiénes somos; compite por definir quiénes queremos parecer. El rostro se transforma en un anuncio y la identidad en una estrategia de posicionamiento.

Tal vez por eso algunas personas terminan prefiriendo su versión digital. No porque crean literalmente que se ven así, sino porque esa imagen expresa cómo quisieran sentirse: más jóvenes, más delgadas, más atractivas, más seguras o más exitosas. El filtro no solo modifica el rostro; también intenta corregir la distancia entre la persona real y la persona ideal.

Pero esa distancia nunca desaparece. Por el contrario, puede hacerse más evidente cada vez que la persona se mira sin el filtro o se presenta frente a alguien que únicamente conocía su fotografía.

¿Mejorar la imagen o negar la realidad?

No creo que debamos condenar a quien utiliza un filtro. Todos administramos, de alguna manera, la impresión que causamos. Tampoco toda fotografía retocada es falsa. La falsedad comienza cuando dejamos de reconocernos en ella, aunque nos guste más lo que vemos.

La frontera quizá pueda expresarse de esta manera: una buena fotografía debe seguir mostrando a la persona en un día especialmente favorable; no inventar a una persona que jamás podría presentarse ante nosotros.

El problema de fondo no es estético, sino humano. Vivimos en una época que nos invita constantemente a sustituir la realidad por una representación más atractiva. Podemos corregir la piel, borrar los años, modificar el cuerpo y fabricar el escenario. Sin embargo, cuanto más perfecta se vuelve la representación, mayor es el riesgo de que la persona real empiece a parecernos insuficiente.

Las arrugas, las canas y las marcas del tiempo no son errores de edición. Son evidencias de que hemos vivido. Borrarlas por completo puede hacernos parecer más jóvenes, pero también puede ocultar la experiencia, las pérdidas, los aprendizajes y las decisiones que nos convirtieron en quienes somos.

Por eso, la pregunta no es solamente por qué retocamos nuestras fotografías. La pregunta más importante es otra:

¿En qué momento dejamos de querer que la fotografía se pareciera a nosotros y comenzamos a querer parecernos a la fotografía?

Luis Escobar
Autor del Libro - La Raíz del Problema https://a.co/d/06CJdEvI
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