La sustitución de la ciudadanía por el espectador

Hay algo que me preocupa profundamente.

Cada vez escucho a más personas convencidas de que alguien más resolverá los problemas de México.

Unos esperan que sea un presidente. Otros, un partido político. Otros, Estados Unidos. Algunos incluso hablan de Donald Trump como si pudiera venir a limpiar lo que nosotros dejamos de cuidar.

Y entonces me hice una pregunta.

¿En qué momento dejamos de pensar como ciudadanos para comenzar a pensar como espectadores?

Porque un ciudadano participa.

Un espectador observa.

Uno construye.

El otro espera el desenlace.

La expectativa de que un "agente externo" llegue, encarcele a los delincuentes y "arregle México" tiene una contradicción evidente: sería esperar que otro país o una fuerza externa haga lo que les corresponde a las instituciones mexicanas y a la propia sociedad mexicana, en territorio mexicano.

Por tanto, convertir a otro país en la esperanza de México es menos un proyecto político que una forma de pensamiento mágico.

Algo extraordinario ocurrirá. Alguien poderoso intervendrá y nosotros no tendremos que asumir el costo, el riesgo ni la responsabilidad de cambiar las cosas.

Eso permite conservar, al mismo tiempo, la indignación y la pasividad.

Entonces me pregunto:

¿Por qué una sociedad tolera tanto?

No necesariamente porque esté de acuerdo con el régimen. Muchas veces lo tolera porque se combinan varios factores.

Uno de ellos es que cada persona espera que alguien más actúe. Es una actitud profundamente contemporánea: la de los seguidores. Personas que esperan a que alguien las convoque antes de actuar por sí mismas.

Cualquier persona puede reconocer que existe un problema. Basta con leer los comentarios en cualquier publicación de redes sociales. Sin embargo, cada individuo piensa que protestar solo, no servirá, que los demás no lo acompañarán, que puede perder su trabajo, su tranquilidad o su seguridad y que, si el cambio llega, todos se beneficiarán aunque él no participe.

Es el clásico problema de la acción colectiva. El bien que se busca es común, pero los costos recaen individualmente sobre quienes deciden organizarse.

La disminución de la participación tiene mucho que ver con la confianza, una palabra de la que todos hablan, pero que pocos saben definir y todavía menos saben cuándo aplicar.

La confianza es la esperanza firme, la seguridad y la creencia de que algo funcionará, de que alguien actuará correctamente o de que uno mismo será capaz de cumplir con su responsabilidad.

Sin confianza no existe la seguridad de ese acompañamiento que toda acción colectiva necesita.

Para que exista una acción colectiva, la persona necesita confiar en que otros acudirán cuando ella acuda; que no la abandonarán cuando aparezca el peligro y que el esfuerzo tendrá continuidad.

Cuando la confianza social desaparece, cada individuo queda aislado. Puede estar rodeado de millones de inconformes y, aun así, sentirse completamente solo.

Como he explicado en otras ocasiones, la desconfianza no solo debilita las instituciones; también impide crear las organizaciones necesarias para reconstruirlas.

Hoy la gente conserva la esperanza privada, pero pierde la esperanza pública.

Muchas personas todavía creen que pueden mejorar sus ingresos, comprar una casa, viajar a Europa o conseguir reconocimiento en las redes sociales.

Pero ya no creen, o ya no confían, en que puedan transformar la justicia, combatir la corrupción o corregir los problemas que afectan a toda la sociedad.

Conservan aspiraciones de consumo, pero pierden aspiraciones de ciudadanía.

La persona todavía imagina un futuro para sí misma como consumidora, pero ya no imagina un futuro compartido como ciudadana.

Ese es uno de los principios fundamentales de la artificialidad.

Por eso alguien puede dedicar años a mejorar su imagen personal y no dedicar ni una tarde a construir una organización vecinal, profesional o cívica.

La indignación como espectáculo

Es mejor parecer que estoy enojado con el régimen que hacer realmente algo para cambiarlo. Aunque nadie lo diga abiertamente, la mayoría lo sabe.

Las redes sociales permiten experimentar una sensación de acción política sin asumir el costo de la acción política.

La persona publica una denuncia, siente que expresó su conciencia y regresa inmediatamente a su vida cotidiana. En el fondo sabe que probablemente nada cambiará, pero aun así se siente mejor consigo misma.

Hasta ese punto ha llegado nuestra conciencia cívica.

El problema aparece cuando la expresión sustituye a la organización.

Un TikTok puede denunciar un abuso, pero también puede producir únicamente la sensación de haber cumplido con un deber sin haberlo hecho realmente.

Entonces ocurre algo muy curioso.

Un "like" parece solidaridad.

Un TikTok parece activismo.

Un Fan Fest parece patriotismo.

Una fotografía ayudando parece altruismo.

Pero nada de eso transforma necesariamente la realidad.

La artificialidad política consiste precisamente en confundir la representación de la acción con la acción misma.

El patriotismo no consiste únicamente en emocionarse por México; consiste en asumir alguna responsabilidad por México.

La sociedad artificial prefiere la emoción de pertenecer antes que el esfuerzo de construir.

Tal vez por eso esperamos que alguien venga a salvarnos.

Porque salvar un país exige mucho más que indignarse.

Exige organizarse.

Exige confiar.

Exige sacrificar tiempo, comodidad y, en ocasiones, incluso prestigio.

Es mucho más sencillo publicar un video de treinta segundos que dedicar treinta años a construir instituciones.

La artificialidad nos convenció de que participar es opinar; de que pertenecer es asistir; de que patriotismo es gritar un gol y, peor aún, de que cambiar un país consiste únicamente en encontrar un culpable.

Pero las sociedades no cambian cuando encuentran culpables.

Cambian cuando encuentran ciudadanos.

Y quizá esa sea la verdadera raíz del problema.

No estamos perdiendo solamente la democracia.

Estamos perdiendo la capacidad de creer que nosotros somos responsables de construirla.


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