La inteligencia artificial no está cambiando al ser humano. Está acelerándolo.
Cada vez escucho más personas hablar de la Inteligencia Artificial como si fuera la solución a todos nuestros problemas. Otros, por el contrario, la describen como la mayor amenaza para la humanidad.
Creo que ambas posturas simplifican demasiado el problema.
La Inteligencia Artificial, por sí misma, no es buena ni mala, la IA es un amplificador si amplifica lo mejor del ser humano... y también lo peor.
Si una persona la utiliza para investigar una enfermedad, acelerar un descubrimiento científico o ayudar a un estudiante a comprender un tema complejo, todos celebramos sus beneficios. Pero rara vez pensamos que esa misma herramienta también puede amplificar la mentira, la manipulación, la pereza intelectual, la desinformación o incluso la malicia.
La tecnología nunca elimina la naturaleza humana. La multiplica.
Hace unos días le pregunté a un amigo qué opinaba sobre la propuesta del Papa de impulsar un proceso internacional para regular el desarrollo de la Inteligencia Artificial.
Era un artículo de aproximadamente siete minutos de lectura. En menos de dos minutos me respondió: —El mundo no quiere regular la IA.
Evidentemente, esa no era mi pregunta, y evidentemente, no había leído el artículo. Me llamó más la atención la velocidad de la respuesta que la respuesta misma. ¿Cómo podemos reflexionar un tema tan complejo en menos de dos minutos? No era reflexión. Era una reacción.
Y creo que ese pequeño episodio resume perfectamente el problema de nuestra época.
Vivimos obsesionados con responder, ya no queremos pensar queremos opinar inmediatamente.
Pareciera que guardar silencio unos minutos para comprender una idea se interpreta como ignorancia, cuando quizá sea exactamente lo contrario.
La Inteligencia Artificial acelera nuestra capacidad de producir respuestas pero no necesariamente mejora nuestra capacidad de formular mejores preguntas. Y ahí comienza el verdadero peligro.
No porque la IA piense por nosotros, sino porque dejamos de hacerlo nosotros.
Siempre ocurre lo mismo. Cada generación cree haber encontrado la tecnología definitiva y cada generación termina descubriendo, años después, los costos que nadie había previsto.
Los boomers, generación a la que pertenezco, también nos equivocamos. Si en los años setenta nadie hablaba seriamente del daño ambiental, los enormes motores V8 representaban el progreso se fumaba prácticamente en cualquier lugar, muy pocas personas o nadie utilizaban el cinturón de seguridad. Yo a mi VW se los quité a propósito.
No era porque fuéramos malas personas simplemente no sabíamos lo suficiente pero con el tiempo aprendimos, la ciencia nos mostró que los motores más eficientes, 4 cilindros, contaminaban menos, que el cigarro provocaba cáncer y que el cinturón de seguridad salvaba miles de vidas.
La sociedad cambió.
No porque alguien lo hubiera previsto desde el principio, sino porque aprendimos de nuestros errores, la ciencia y la tecnología nos ayudaron a descubrir esos errores.
Lo mismo ocurrió con el teléfono inteligente.
Cuando Steve Jobs presentó el iPhone en 2007, nadie imaginaba el impacto psicológico que tendría en millones de niños y adolescentes.
Hoy existen investigaciones, recomendaciones médicas e incluso regulaciones gubernamentales sobre el uso de dispositivos electrónicos durante la infancia.
No porque alguien quisiera limitar la innovación sino porque entendimos mejor sus consecuencias.
¿Por qué habría de ser diferente con la Inteligencia Artificial?
Escucho con frecuencia que "la IA no debe regularse".
Tal vez.
Pero también escuché durante años que las redes sociales solo traerían beneficios.
Que los teléfonos inteligentes únicamente nos conectarían más.
Que internet democratizaría el conocimiento.
Todas eran verdades......pero incompletas.
También aparecieron problemas que nadie anticipó.
Y la IA no será la excepción.
No porque sea mala, sino porque nosotros somos imperfectos y cualquier herramienta creada por seres humanos terminará reflejando nuestras virtudes y nuestros defectos.
Aquí vuelvo a una idea que he repetido muchas veces.
El problema no es tecnológico … es humano.
Seguimos pensando únicamente en el aquí y el ahora, celebramos cualquier avance mientras nos beneficie hoy, las consecuencias las dejamos para alguien más.
Y cuando finalmente nos alcanzan, repetimos el mismo ciclo. Buscamos culpables, pedimos regulaciones nos sorprendemos de algo que, en realidad, era predecible.
Lo que más me preocupa no es que la Inteligencia Artificial piense.
Lo que me preocupa es que nosotros estemos dejando de hacerlo.
Hace siglos el ser humano tenía una excusa para no conocer demasiado, el conocimiento era escaso, los libros eran pocos, la información viajaba lentamente.
Hoy ocurre exactamente lo contrario, tenemos acceso al mayor volumen de conocimiento en toda la historia de la humanidad y, paradójicamente, cada vez dedicamos menos tiempo a reflexionarlo.
Antes no pensábamos porque no había suficiente información. Ahora no pensamos porque hay demasiada.
Algo, claramente, no está funcionando.
En alguna entrevista me preguntaron cuál era la solución.
Mi respuesta fue muy sencilla. No la sé. Y desconfío profundamente de quien afirma tener una única respuesta para un problema tan complejo. Los problemas multidimensionales requieren respuestas multidimensionales.
Mi propósito no es ofrecer una solución mágica. Mi propósito es invitar a pensar.
Porque quizá exista alguien con más influencia, más recursos o más capacidad de transformar esta realidad.
Pero nadie podrá hacerlo si primero no recuperamos aquello que nos distingue de cualquier otra especie.
La capacidad de detenernos......y pensar.
